6:30-9:30
Despertar-Ejercitarse-Asearse.
Desayunar-Trasladarse-Llegar a trabajar.
10:00-10:20
Teclear: "¡Buenos días guapa!
10:04-10:05
Teclear: "¡Hola amor! Besos.
10:05-14:00
Trabajar
14:00-16:00
Comer
16:00-16:01
Teclear: "Te extraño ya quiero verte"
16:02-16:03
Teclear: "Yo a tí, ya falta menos".
16:03-19:00
Trabajar
19:00-20:00
Salir-Trasladarse-Llegar a casa.
21:00-21:15
Trasladarse - Llegar a verse.
21:30-22:00
Besarse- Cocinar-Mirarse-Hablarse
22:00-23:00
Cenar-Poner una película- Quedarse dormidos- Quitar la película.
11:15
Ir a la cama. Besarse. Dormirse.
En el mundo moderno no hay tiempo para quererse.
23 de junio de 2011
21 de junio de 2011
Y
Despedirse es inevitable, nada permanece.
Algunas despedidas no sabes que lo son hasta después. Otras más se anuncian.
Otras no pueden creerse.
Unas son largas, otras cortitas, simplonas.
A veces son necesarias, benéficas por las heridas que cierran. Esas que dejan cicatrices grandotas que recuerdas cuando hay frío.
Hay algunas que nunca se entienden, que nunca se perdonan.
Hay unas que son más importantes que otras. Y una, que es la más importante de todas.
Hay otras furiosas, gritonas, derrotadas.
Muchas más son apasionadamente rebatidas, postergadas.
Además ninguna es igual, porque todas duelen diferente.
A veces se lloran en conjunto, pero más bien se lloran en solitario.
Algunas apenas humedecen los ojos, se olvidan de inmediato. Como cuando te pegas en los dedos de los pies con la esquina de la cama.
Unas más se lloran por entregas.
También se lloran en seco. En silencio. Acompañan los pasos, los olores, los sabores, los lugares.
Otras se lloran con dolor profundo, se sienten como un yunque que destruye la garganta. Uno que provoca lágrimas saladas, silentes. De esas que resbalan tibias hasta el escote, que no se detienen. Que se lloran por saberte llorando con tantísima tristeza. Con tantísima resignación.
Así te lloré yo.
Después de una despedida muy larga. Una apasionadamente rebatida y postergada. Anunciada, pero de las que no pueden creerse. La furiosa, gritona, derrotada. Esa que me duele cuando hay frío. Que me destruyó la garganta y las entrañas. Que me hizo temblar la boca y tocarme el corazón de tantísimo escondido dolor. Que provocó se me mojara el escote y enmudecieran mis sollozos. Calladita de resignación y de luto.
Esa que hace que siempre haya Ys de más en todos mis textos. Como tú y yo. Siempre TÚ más YO.
Nuestra despedida, la imperdonable.
La necesaria.
La última.
Algunas despedidas no sabes que lo son hasta después. Otras más se anuncian.
Otras no pueden creerse.
Unas son largas, otras cortitas, simplonas.
A veces son necesarias, benéficas por las heridas que cierran. Esas que dejan cicatrices grandotas que recuerdas cuando hay frío.
Hay algunas que nunca se entienden, que nunca se perdonan.
Hay unas que son más importantes que otras. Y una, que es la más importante de todas.
Hay otras furiosas, gritonas, derrotadas.
Muchas más son apasionadamente rebatidas, postergadas.
Además ninguna es igual, porque todas duelen diferente.
A veces se lloran en conjunto, pero más bien se lloran en solitario.
Algunas apenas humedecen los ojos, se olvidan de inmediato. Como cuando te pegas en los dedos de los pies con la esquina de la cama.
Unas más se lloran por entregas.
También se lloran en seco. En silencio. Acompañan los pasos, los olores, los sabores, los lugares.
Otras se lloran con dolor profundo, se sienten como un yunque que destruye la garganta. Uno que provoca lágrimas saladas, silentes. De esas que resbalan tibias hasta el escote, que no se detienen. Que se lloran por saberte llorando con tantísima tristeza. Con tantísima resignación.
Así te lloré yo.
Después de una despedida muy larga. Una apasionadamente rebatida y postergada. Anunciada, pero de las que no pueden creerse. La furiosa, gritona, derrotada. Esa que me duele cuando hay frío. Que me destruyó la garganta y las entrañas. Que me hizo temblar la boca y tocarme el corazón de tantísimo escondido dolor. Que provocó se me mojara el escote y enmudecieran mis sollozos. Calladita de resignación y de luto.
Esa que hace que siempre haya Ys de más en todos mis textos. Como tú y yo. Siempre TÚ más YO.
Nuestra despedida, la imperdonable.
La necesaria.
La última.
20 de junio de 2011
Fé de ratas.
Santa Fé está muerto. Es todo de metal y plástico. Lo odio. Una ciudad laboral, una pesadilla de novela catastrofista de los 50. Miles de trabajadores ataviados en trajes sastre, tacones, medias, corbatas...todo el uniforme, pasan sus días sentados frente a una computadora, dentro de un cubículo, perdiendo la vida. Como en el video de Pearl Jam.
¿Para qué? ¿Para qué tanto esmero?
La comida es mala, la que es buena es muy cara.
Todo es carísimo, artificial, corporativo, tan frío.
Como para recordarte que estás muy lejos del éxito, para recordarte tu lugar. Para hacerte sentir miserable y deseoso.
No hay dónde ir a caminar. No hay señor de la tiendita que te salude en las mañanas. No hay nada bonito qué ver si eres peatón.
Porque en Santa Fé la gente no anda a pie. "Eso es de nacos" no tener coche. Todo se hace en coche. Andar en moto es suicida. Andar en bicicleta imposible. Entonces la fuerza laboral se pasa la otra mitad de la vida entrando y saliendo del rumbo del demonio, sentado de nuevo, acelerando, frenando, prendiendo el radio, apagando el radio, gritando, llegando tarde siempre.
El trabajo enajenado disfrazado de ejecutivo glamour con edificiotes y tiendas lindas.
Todo parte del sistema. Es horrible. Es desolador, es derrota almas.
A veces siento que traiciono a mi espiritu por regalarle tantas horas de mi vida.
¿Para qué? ¿Para qué tanto esmero?
La comida es mala, la que es buena es muy cara.
Todo es carísimo, artificial, corporativo, tan frío.
Como para recordarte que estás muy lejos del éxito, para recordarte tu lugar. Para hacerte sentir miserable y deseoso.
No hay dónde ir a caminar. No hay señor de la tiendita que te salude en las mañanas. No hay nada bonito qué ver si eres peatón.
Porque en Santa Fé la gente no anda a pie. "Eso es de nacos" no tener coche. Todo se hace en coche. Andar en moto es suicida. Andar en bicicleta imposible. Entonces la fuerza laboral se pasa la otra mitad de la vida entrando y saliendo del rumbo del demonio, sentado de nuevo, acelerando, frenando, prendiendo el radio, apagando el radio, gritando, llegando tarde siempre.
El trabajo enajenado disfrazado de ejecutivo glamour con edificiotes y tiendas lindas.
Todo parte del sistema. Es horrible. Es desolador, es derrota almas.
A veces siento que traiciono a mi espiritu por regalarle tantas horas de mi vida.
7 de junio de 2011
16 de mayo de 2011
Dulces lilas en mis sueños.
Cuando tenía muchos años menos, visitaba en ocasiones a la hermana de mi madre y mi primo a su pequeño y acogedor hogar. Mi hermano no nacía todavía (o era un bebé apenas) si hacemos cuentas, con Luis Jr. de 20 años, sí que ha pasado el tiempo.
No por eso me acuerdo con menos precisión de cada rincón del departamento de Portales. Estaba alfombrado color rosa viejo y era de paredes marfil. Su dueña siempre ha hecho gala de un gusto impecable, mismo que estará para siempre grabado en mi cabeza por la cenefa de flores bugambilia, verdes y doradas que pintó a lo largo de toda la casa. La que conectaba una preciosa sala de cojines satinados color durazno y berenjena con el comedorcito viejo con sillas de mimbre.
Siempre olía a frío, a elegancia, a romántico. Tenía dos cuartos. El de Jorge y el suyo. Del primero no me acuerdo, será que era la habitación de un niño y los espacios masculinos nunca me han sido relevantes. En cambio, el de ella era hermosísimo con sus mesitas de madera, la preciosa lámpara art decó con hadas, su joyería gruesa, los botes de cristal, los marcos con retratos de la abuela y los perfumes turquesa. Pero lo más bello de todo era, en el centro, una preciosa cama de latón.
Me volaba la imaginación cada vez que me asomaba a contemplarla. Me parecía era como la de Mary Poppins que volaba, o donde debía haber descansado la pelirrojita del Jardín Secreto. Luego me convencía de que había pertenecidos a una enigmática gitana o a una artista atormentada.
Cuando el depa de Portales quedó vacío y el comedor, los cojines de satén y los legos del crío se mudaron al sur de la ciudad, la cama que llegó con ellos no lo hizo para quedarse. Pasó a la hermana más pequeña de su dueña, que, como todos los que emprenden su vida en solitario, requería amueblar su nuevo espacio.
Entonces aunque cambió de manos, no dejé de verla -afortunadamente-. Cada vez que pasaba a San Pedro de los Pinos para saludar a la inquilina de la calle 22, me asomaba a visitarla también. Quedaba bien en su nuevo entorno, más blanco, más sencillo, más joven, esperanzado más como su nueva dueña.
Pasaron varios años en los que la cama fue testigo de amores, letras y hasta fantasmas de su durmiente. Se llenó de ella como alguna vez se llenara de mi tía la rubia y todas las que estuvieron antes que ella. Hasta que un día se saturó de recuerdos. O se le saturó a la vecina de San Pedro la espalda de dolores, una de dos.
La cama iba a cambiar de casa una vez más. Yo empezaba a planear mi mudanza, así que sin pensarlo dos veces reclamé su propiedad. Lila me la pasó aliviada de deshacerse del problema, sin imaginarse lo que implicaba para mí.
Así llegaron la base, la piecera y las tablas que las unen. No llegó el colchón porque no pudo seguirle el ritmo de pasiones al latón. Se quedó así, en pedazos, metida en la bodega de la casa de Tlalpan durante meses. Pasaba que con la mudanza pronta, quería estrenar algo. O que pensaba que la cama estaba en la familia para acompañar a las solteras que se lanzan a la aventura de la vida real.
Y les da buena suerte.
Ahora llevo un mes durmiendo sobre un colchón nuevo, con unas sábanas doradas que hacen juego con los tubos que lo abrazan. Me espera todos los días la hermosa cama de latón (ya no me maravilla como en la infancia, pero me sigue pareciendo divina) de la que me enamoré a los siete años, a la que le he puesto tantas fantasías, tanta fe. Y alguna vez tantísimo deseo.
Reporto que hasta el momento, no me decepcionado.
No por eso me acuerdo con menos precisión de cada rincón del departamento de Portales. Estaba alfombrado color rosa viejo y era de paredes marfil. Su dueña siempre ha hecho gala de un gusto impecable, mismo que estará para siempre grabado en mi cabeza por la cenefa de flores bugambilia, verdes y doradas que pintó a lo largo de toda la casa. La que conectaba una preciosa sala de cojines satinados color durazno y berenjena con el comedorcito viejo con sillas de mimbre.
Siempre olía a frío, a elegancia, a romántico. Tenía dos cuartos. El de Jorge y el suyo. Del primero no me acuerdo, será que era la habitación de un niño y los espacios masculinos nunca me han sido relevantes. En cambio, el de ella era hermosísimo con sus mesitas de madera, la preciosa lámpara art decó con hadas, su joyería gruesa, los botes de cristal, los marcos con retratos de la abuela y los perfumes turquesa. Pero lo más bello de todo era, en el centro, una preciosa cama de latón.
Me volaba la imaginación cada vez que me asomaba a contemplarla. Me parecía era como la de Mary Poppins que volaba, o donde debía haber descansado la pelirrojita del Jardín Secreto. Luego me convencía de que había pertenecidos a una enigmática gitana o a una artista atormentada.
Cuando el depa de Portales quedó vacío y el comedor, los cojines de satén y los legos del crío se mudaron al sur de la ciudad, la cama que llegó con ellos no lo hizo para quedarse. Pasó a la hermana más pequeña de su dueña, que, como todos los que emprenden su vida en solitario, requería amueblar su nuevo espacio.
Entonces aunque cambió de manos, no dejé de verla -afortunadamente-. Cada vez que pasaba a San Pedro de los Pinos para saludar a la inquilina de la calle 22, me asomaba a visitarla también. Quedaba bien en su nuevo entorno, más blanco, más sencillo, más joven, esperanzado más como su nueva dueña.
Pasaron varios años en los que la cama fue testigo de amores, letras y hasta fantasmas de su durmiente. Se llenó de ella como alguna vez se llenara de mi tía la rubia y todas las que estuvieron antes que ella. Hasta que un día se saturó de recuerdos. O se le saturó a la vecina de San Pedro la espalda de dolores, una de dos.
La cama iba a cambiar de casa una vez más. Yo empezaba a planear mi mudanza, así que sin pensarlo dos veces reclamé su propiedad. Lila me la pasó aliviada de deshacerse del problema, sin imaginarse lo que implicaba para mí.
Así llegaron la base, la piecera y las tablas que las unen. No llegó el colchón porque no pudo seguirle el ritmo de pasiones al latón. Se quedó así, en pedazos, metida en la bodega de la casa de Tlalpan durante meses. Pasaba que con la mudanza pronta, quería estrenar algo. O que pensaba que la cama estaba en la familia para acompañar a las solteras que se lanzan a la aventura de la vida real.
Y les da buena suerte.
Ahora llevo un mes durmiendo sobre un colchón nuevo, con unas sábanas doradas que hacen juego con los tubos que lo abrazan. Me espera todos los días la hermosa cama de latón (ya no me maravilla como en la infancia, pero me sigue pareciendo divina) de la que me enamoré a los siete años, a la que le he puesto tantas fantasías, tanta fe. Y alguna vez tantísimo deseo.
Reporto que hasta el momento, no me decepcionado.
20 de abril de 2011
Just like Heaven
Me gustan las comedias románticas. No voy a decir que "las he visto todas" o "soy súper fan" pero no puedo negar que si me encuentro una película con pinta de pertenecer al bonito género, la veo de principio a fin. Así me he soplado un poco de todo, desde las más chafas hasta las verdaderas joyas del género. De estas últimas, creo que puedo presumir de haber visto la colección completa de Julia Roberts y Meg Ryan, las reinas indudables de mi generación.
Verán entonces la importancia que le doy a todo el asunto. Como miles de chicas de mi edad (más grandes y chicas también) soñé con enamorarme del tipo más equivocado en Paris, cantar plegarias con mi mejor amigo gay y todos los asistentes a una rehearsal diner, creí en la posibilidad de enamorarme por correo electrónico, confesé mi amor una noche lluviosa a la "I'm just a girl, standing in front of a boy..." aprendí a hablar como Billy Cristal diciendo paprikash y contemplé la posibilidad de ser una novia de Junio en el Plaza de Manhattan.
De cine de autor no se vive, el entretenimiento sencillo, chistosito y fantasioso de simpáticas mujeres enamorándose de hombres inexistentes, por mindless y mentiroso que sea, es necesario. Entonces, yo quiero mis buenas comedias románticas. Y ya no hay. O son demasiado comedias o son demasiado románticas.
Y más allá de las tramas (que no es excusa, Four weddings and a Funeral, Love Actually y About a Boy son fabulosas) que puede perdonárseles la calidad, lo que me hace falta son los personajes.
Extraño a Stanley Tucci de complemento al héroe guapo, despistado e incorrecto, la risa (LA RISA) hermosísima, contagiosa de Julia, la melena de Meg, un prince charming de pelo entrecano con voz suavecita como la de Richard Gere... y nada.
Puras películas malas, olvidables, cínicamente formuláicas (engáñame Hollywood, un poco, un poquito más) sin alma, de pésima producción. Ya no me entero de los estrenos porque no fallan en decepcionarme. Me duele, así que opto por la negación, veo repeticiones, recuerdo los guiones que me hicieron nudos en las tripas durante mi adolescencia, esperando siempre...
Anne Hathaway, Kate Hudson, háganmela buena. Traten, aunque sea con mucho trabajo de convertirse en mi nueva Julia. Quiero sentirme ustedes y querer serlo en 90 minutos porfavor.
Las mujeres como yo necesitamos -más de lo que pensé nunca-, llenarnos el corazón con pendejadas.
3 de abril de 2011
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