25 de septiembre de 2011
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Llegamos al horrible hospital de Cardiología, atendido por monjas grises como los abandonados muros de su edificio. Tan solo de ver la puerta me recorrió un escalofrío de la boca hasta el ombligo. Temblorosa, bajé del Ford 77 al oscuro viento de otoño. Me abracé jalando mi suetercito delgado y caminé lentamente hacia la puerta. Pensé en irme de vuelta al Pedregal, aunque honestamente no había mucho qué hacer en la casa de Pirules. Jugar con el perro, tal vez. Mi papá estaba en uno de sus interminables viajes, mi hermana Diana nunca tenía ganas de verme y mi abuela estaba muerta. Con ella nos habíamos muerto todos.
Una monja de ojos verdes me recibió amablemente. Me había visto varias veces, sabía lo que pasaba. Se me notaba la falta de amor, supongo. Con el tiempo aprendí que eso conmueve a cualquiera, o al menos a las viejas monjas de los hospitales. Salió de detrás del escritorio de recepción y me llevó con el doctor Rodríguez.
Mi madre había pasado mucho tiempo hospitalizada, desde Mayo. En un arranque de sus muchos antojos, fuimos por unos tacos a San Ángel para cenar una noche y pescó una salmonelosis gravísima. Después de un largo tratamiento en que su mal humor se había exacerbado como nunca, se estabilizó, pero también se sumió en la más honda de las tristezas. Nunca había sido alegre, al menos no con nosotros, pero jamás la había visto tan poco entusiasmada por vivir. Sus ojos bonitos estaban tan débiles como su cuerpo cansado y delgadísimo.
Al poco tiempo enfermó de nuevo, pero esta vez eran los riñones.-Para que un diabético tenga ese tipo de complicaciones es que le ganó el descuido- dijo mi tío Roberto. Todos los panes de plátano, las tazas de leche caliente, las tortillas de harina y las sesiones de repostería con sus amigas habían tenido su efecto. Regresó a la cama de hospital, pasó muchos días de agonía, pero finalmente estaba sana. Debilitada, pero viva.
El doctor Rodríguez cerró la puerta y me invitó a tomar asiento.
-Tu mamá está bien de los riñones, pero necesito que hables con ella. Por mucho suero que entre a su cuerpo, no es suficiente para que se recupere por completo. Regresa toda la comida intacta dese hace días. No va a mejorar si sigue así.
Si algo había distinguido a mi madre durante toda su vida, era su buen apetito. Demasiado bueno, dañino, adictivo. Que no quisiera comer era lo último que hubiera imaginado.
Fui a su cuarto. Estaba limpísimo, como todos los espacios que le rodearon en su vida. Su obsesión por el orden iba muy de acuerdo con los parámetros de un hospital. Me acerqué a ella tímidamente, como me había enseñado. Temerosa como siempre de hacer algo mal por mi sola existencia. –Hola mamá.- No respondió.
-Me dijo el doctor que no has comido. Igual no te gusta lo que te preparan, pero si no comes te vas a enfermar otra vez. – Silencio.
No me quitaba los ojos de encima. No se movió tampoco. Su piel tan blanca parecía del mismo tono que su camisón. Su pelo delgadito y corto, siempre tan bien peinado mantenía algo de grave dignidad, pero no era el mismo. Sus manos largas descansaban sobre su regazo con las uñas desnudas, en lugar del rojo brillante que tanto le gustaba. Tenía los labios secos, los ojos apagados.
-Cuídate mucho-dijo finalmente. No volví a escuchar su voz.
No tenía nada más qué decirle. Ella a mi tampoco. No dejamos de vernos hasta que cerré la puerta. Caminé por el pasillo con la mente en blanco, escuchando el eco de mis pasos. Salí sin despedirme del doctor Rodríguez ni de la monja de los ojos verdes, cada vez más rápido. Crucé corriendo el estacionamiento, subí al auto y regresé a casa. El señor Eberto me dio una palmadita en el hombro, me dirigió una breve sonrisa y arrancó el coche. Fuimos callados todo el camino.
La casa de Pirules dormía cuando entré de puntitas. Me acosté en la cama individual de las cobijas a cuadros con mi pijama de franela, abracé al oso panda e intenté dormir sin mucho éxito.
En la madrugada del jueves, alrededor de las cuatro finalmente me quedé dormida. Al mismo tiempo el corazón de mi madre se detuvo. Me dejé caer al sueño como ella a la muerte en su acostumbrada e inexplicable soledad.
7 de septiembre de 2011
10 pasos hacia la salvación.
2. Se te olvida lanzarle #SinArrobas en Twitter.
3. Dejaste de cantarle TODAS las canciones que son remotamente cercanas a su situación (y las que no lo son, también).
4. El corazón se te queda en el mismo lugar cada vez que suena el teléfono, entra un DM o llega una notificación de tus 23094892 cuentas en Internet. Sabes que whatever it is, no es suyo.
5. Cambiaste las sábanas de tu cama.
6. Pierdes las habilidades de stalker, abandonas Facebook y te da hueva investigar quién es la puta (o el pendejo) detrás de cada reply de su TL.
7. Dejas de suspirar cuando pasas por "donde fuimos al cine, nos caimos en un charco, me contó de su pobre mamá" y todos los recuerditos geográficos en común.
8. Sobrevives la peda sin enviarle mensajes intensísimos, o peor, marcarle.
9. Empiezas a olvidar su voz. Te resignaste a que nunca más va a hablarte.
10. Puedes vivir con la posibilidad (o la realidad) de que se esté cogiendo (enamorando de) alguien más.
¿Cómo van?
24 de agosto de 2011
El Muerto.
El amor, por su parte, puede ser fulminado a balazos. Puede desaparecer de pronto o al cabo de años de deterioro; pero cuando sucede, no hay nada qué hacer. Por mucho que le gritemos, lloremos o roguemos al corazón, no va a moverse.
Hay que aprender a soltar al muerto, que pesa mucho dormir con huesos.
20 de julio de 2011
Loop.
Una cabeza roja, a medio dormir, se asoma a saludar al peludo gato que la mira curiosamente mientras, a tientas, le pide al tiempo que se detenga cinco minutos más. Pero el tiempo que se marca en las manecillas, que cuentan que son las 8:05, luego las 8:10 y finalmente las 8:15; le pica las orejas, quienes le dicen a la cabeza que le avise a las piernas que es hora de levantarse.
Entonces, el agua que pasa por los rizos de cobre riega el cerezo de los hombros, despierta a la cara, acaricia a las piernas, masajea a la espalda y salpica a los pies. La ventana deja salir el vapor acumulado y permite la entrada al viento, quien a su vez, de frío, levanta los poros. Se reconocen los ojos rodeados de pecas cuando se aclara el espejo; debajo del rostro cuelga una toalla color frambuesa que abraza amorosamente al cuerpo desnudo.
Detrás de la pantalla, las víctimas del huracán en Guerrero, resuenan entre las cuatro paredes que guardan el taburete sobre el que ha caído la nota de la lavandería del vecino número 42; de la cual salieron limpios los pantalones, la blusa blanca y el saco ajustado. Todos estos hacen juego con los 10 centímetros de mentira que alardean los tacones beige; mismos que detienen su escandaloso caminar para darle tiempo al perfume de caer sobre el cuello, la nuca y el escote.
Las ojeras se borran con el paso de los dedos que luego intercambian el corrector por la brocha; la que ha pasado por el polvo dorado y ahora adorna los pómulos que suben y bajan cuando los labios coral se vuelven pegajosos .
El anillo de plata golpea la madera de la mesa donde yace la cajetilla que cae dentro de la bolsa verde. La misma que carga con la libreta de los apuntes y el separador que descansa sobre la página 170 del libro prestado; acompañando al billete hábilmente protegido, por la elegante cartera que le ha heredado su madre.
Las escaleras soportan a los brincos apresurados que se balancean sobre los tacones que sobreviven a la pesada bolsa verde que guarda el monedero con los 10 pesos que cuesta el jugo de naranja; que compra en el puesto de frutas que está frente a la casa del señor cara de perro, que le mira las nalgas cuando se agacha a sobarle la cabeza al labrador negro, que cuida de la gitana que desayuna en la cafetería de la esquina.
El semáforo cambia a rojo al ritmo de la empleada de la farmacia que cierra su bata blanca mientras levanta la mirada. Una que le responde a las pestañas detrás de un enorme armazón, que en efecto, puede darle de cambio "dos de a cinco".
Cinco con la que juguetea la mano dentro del saco azul ajustado recargado contra la parada de avenida Chapultepec, mientras espera al camión que llama la atención del viejo restaurador de esculturas. El que en medio de pedazos de yeso y santos descabezados devuelve la sonrisa a la de la melena roja, cuando se toma del tubo a las 9:30.
8 de julio de 2011
We'll meet again.
Nunca olvidaste cantarme algo cuando te despedías y me dabas uno de esos abrazos en los que desaparecía de alivio. Nunca olvidaste mi cumpleaños, menos celebrarme. Nunca me olvidaste. Yo tampoco. Lo único que olvidaste fue decirme que no volvías a una próxima.
Será porque confiabas en que tendrías más mañanas de explorar mi alma vieja y mi corazón de oro. De que me contaras de tu infancia en el norte y tus legendarias mujeres. Otra ronda de regaños por tu afán de tomar azúcar con el café, en los que te jalaba las corbatitas de tela. Las gringas que nunca cambiaste e insistías en combinar con los horribles zapatos de piel y los pantalones beige que te quedaban cortos.
Tú tan puntual. Yo siempre corriendo. Tan caballero enseñándome a comportarme como la dama que dijiste nací siendo. Tan firme en pensar que la comida más importante del día se hace en las mañanas. Que la gente de bien se levanta temprano a trabajar y a tomar jugo de naranja.
Así nos conocimos, desayunando. No existíamos en otro horario. Desde la vez en que distraje a tu alumno el mirón en mi primer día de trabajo. Ese en el que entraste con los bigototes de morsa al salón, a quebrarme las rodillas de pena. Cuando te divirtió tanto mi bonito acento que me llevaste a comer pancakes "no hotcakes" aclaraste.
Te aprendí tantas necedades y tú tanto desenfreno. Porque siempre fui joven y tú viejo, pero no importaba, mejor así. Me nutrías con historias y yo con ingenuidad. Éramos un par de amigos de esos que se sientan a ver la vida pasar en el parque. De los que leen comics de Peanuts y se desdoblan de risa. Los que ven películas de Rita Hayworth y Fred Astaire. Los que se regañan por estar solos mientras se hacen compañía. Los que no entienden qué son, pero saben que no son amigos ni familia. Son almas reencontradas.
Te me fuiste. Me dejaste. No me diste nuestros abrazos antes de irte y ahora no puedo desaparecer contigo. No puedo escucharte porque no pude grabarte la voz ni la risa. La que escucho una y otra vez mientras te escribo. Mientras te comparto palabras, de los que siempre vivimos. De conversación bilingüe, lecciones de portugués y consultas de diccionario.
Me dejaste y te llevaste mi cacho más antiguo de corazón. El que te robaste en nuestras caminatas frías de secretos y nostalgias. Nunca me preparaste para que fueras mi nostalgia. No tengo con quién llorarte si no estás.
Decías que tenía algo de mágico y de fantasma. Tú de brujo y de mentira. Teníamos razón.
So honey, keep on smiling through just like you always do, till' the blue skies drive the dark clouds far away. (Como los soldados Raúl, como los soldados).
28 de junio de 2011
Cinco.
Que le salga el sudor a la euforia. Que se muestren los dientes y salga la risa. Que se tomen las manos para que vayan a la cintura, a los labios, a la espalda, entre las piernas. Para que se conozcan los pliegues, las cosquillas, las asperezas y humedades. Que se suspiren complicidades, deseos y dulzura. Que de añoranza se acaricien las piernas en el trabajo.
Que suba y baje el ritmo, pero que no deje de subir la temperatura. Que se impregnen las almohadas, el pelo y el ombligo de perfumes. Del propio y el ajeno. Que se hunda mi nariz en el colchón cuando te vayas. Que se quede un pedazo tuyo en mi cajón para olerte a placer.
Que se detengan los ojos en los labios. En los tatuajes, en las caderas. Que hagan fotografías. Que vean los lunares, las cicatrices, los velludos rastros. Que vean los tuyos cómo te miran los mios, que vean los tuyos cómo se cierran los mios. Que hagas la siesta para volver a vernos.
Que tenga música de fondo. Una canción que suene dentro de la cabeza y acompañe los gemidos. Que te sorprendas tarareándola días después. Que aparezca en la rotación de la librería en la que buscas un regalo. Que te lleve de vuelta sin importar el tiempo.
Que nos vacíe la mente y nos llene el corazón.
Para que nunca te olvide(s).
23 de junio de 2011
Contrato de pre-noviazgo
CONTRATO DE pre-noviazgo, noviazgo y despedida
El presente contrato tendrá una duración en su totalidad de no más de cinco (5) años a partir de la fecha, y puede ser renovado entonces en caso de que las partes estén de acuerdo. De lo contrario, quedará anulado sin necesidad de que exista el divorcio ni el papeleo; sin incurrir en gastos molestos, ni en reuniones incómodas.
Yo, _____________________, mayor de edad, con Documento de Identidad Nº ____________, a quien en lo sucesivo se denominará "el/la esposo(a)", y la/el señor(a) _____________________, mayor de edad, con Documento de Identidad Nº ___________________, en adelante "el/la esposa(o)", han convenido y pactado:
CAPITULO I: DEl pre-noviazgo
Artículo 2 No intentar impresionar. No presumir. No lucirse, ni hacer pasar vergüenzas.
Artículo 3 La primera y segunda cita son de dos personas nada más; los amigos se conocen después. Está prohibido cohibir/presionar al otro presentándole a todos tan pronto.
Artículo 4 Si se acuerda llamar a la otra persona, hacerlo; de lo contrario, no prometer nada.
Artículo 5 Cuidar siempre el aliento, es muy temprano en la relación para soportar un tufo.
Artículo 6 Es decisión de dos el plan que se llevará a cabo: prohibido usar las palabras “lo que tú quieras”, “no sé” y/o “me da igual”.
Artículo 7 Es básico contar con un alto nivel de educación de modales: no eructar, no picarse los dientes, taparse la boca al estornudar, comer con la boca cerrada, no gases.
Artículo 8 Cortejar de manera natural: no tácticas
Tácticas
8.1 Halagos injustificados
8.2 Rondas de preguntas (¿Cuál es tu color favorito?)
8.3 Hacerse el/la desinteresado(a)
Artículo 9 Prohibido usar el adjetivo: gorda (ni de cariño)
Artículo 10 No cancelar o cambiar planes en el último minuto.
Artículo 11 Las citas por medios electrónicos nunca deben superar las que sean en persona.
Artículo 12 Siempre estar aseado(a) y perfumado(a)
Artículo 13 No besar con los ojos abiertos (a menos que se vea románticamente a la persona).
Artículo 14 Los reclamos por falta de llamadas o cortesías están prohibidos.
Artículos 15 Las llamadas provocadas por sustancias enervantes sólo están permitidas si son eufóricas, nunca para malcopear.
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Siguiente capítulo: Del noviazgo.